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jueves, 21 de mayo de 2015

El que vota a alguien sabiendo que es corrupto es consciente de que colabora con la corrupción.

Ahora que toca meter la papeleta en la urna, una de las cuestiones que plantearse es si cuando votas a candidatos sobre los que pesa la sombra de la corrupción o que se han rodeado de corruptos es porque apruebas sus comportamientos o los minimizas con el clásico todos son iguales frente al miedo que producen las nuevas formaciones.

Decenas de imputados van en las listas del próximo 24 de mayo, y muchos volverán a ganar. Hay una parte de los votantes para los que su partido es una religión. De la misma manera que creen que el papa es infalible porque es un dogma de fe y no lo cuestionan, votan a un candidato apoyándose en las creencias más que en las ideas. 

Sigo sin encontrar sentido a que la corrupción sea el segundo problema para los españoles, detrás del paro, según el CIS, y que en las encuestas de intención de voto se sigan apoyando comportamientos alejados de la ética exigible a cualquier cargo público. 

Está ya comprobado que la corrupción no se castiga electoralmente. Es propio de la doble moral que hay en un importante ámbito de la sociedad. Es parte de esa idea que sobrevuela como el polen en primavera, de que la corrupción es inherente al ser humano y por tanto, nadie está libre de caer en ella. Una justificación más para evitar taparse la nariz a la hora de elegir la papeleta. 

Hasta el Papa ha dicho que es pecado. Pero en esto, como en otras muchas cosas, los autodeclarados creyentes, no le hacen ni puto caso.