Europa debería aprovechar la oportunidad que ofrece la derrota del populismo euroescéptico en Hungría para avanzar en su integración antes de que la internacional ultranacionalista se recupere del golpe recibido.

jueves, 9 de julio de 2015

“Si por dinero linchan de este modo a un socio “europeo, cristiano y blanco”, ¿qué no habrán hecho en otras partes del planeta?”.

Ubicada en el Mediterráneo Oriental y mirando a tres continentes, Grecia, el eslabón débil de la Unión Europea y la OTAN, tiene relaciones singulares con Rusia, China, Irán, Israel y Egipto. A la vez hace de Estado “tapón” en materia migratoria, y contribuye a la seguridad energética de la UE, acogiendo el oleoducto Trans Adriático desde el Mar Caspio. Cuando se llegue a comercializar el gas de la costa mediterránea de Chipre e Israel —que también es de Gaza, Líbano y Siria— consolidará aún más dicho estatus, ya que todos los gaseoductos de este espacio con destino a Europa deben cruzar Grecia. Pero a Berlín parece preocuparle más el euro que el valor geopolítico del país heleno. Cualquiera preguntaría: “Si por dinero linchan de este modo a un socio “europeo, cristiano y blanco”, ¿qué no habrán hecho en otras partes del planeta?”.