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| Imagen de archivo del expresident de la Generalitat Valenciana, Carlos Mazón, junto al recién elegido Juanfran Pérez Llorca. EFE/Ana Escobar eldiario.es/opinion/María-Alvarez |
Si hace una década había un poder en España que inhabilitaba
jueces, espiaba a la oposición y daba carpetazo a los procesos judiciales que le resultaban inconvenientes sin que nadie levantara una ceja, hoy necesita montar un circo digno de un país bananero y retorcer la ley delante de 50 millones de personas.
En el centro de este colapso, el partido que llevaba 50 años “controlando el Supremo desde atrás” (según su propia descripción) se desmorona. Ese sector del PP que era el heredero del franquismo, cuyas estructuras se confundían con las del Estado y que había vivido toda la democracia entre los algodones de un sistema político hecho a su medida, se está demostrando incapaz de sobrevivir en un escenario tan complejo como el de hoy.
En esa tradición de la derecha política heredera del franquismo no queda hoy nadie a los mandos. Nadie que se haga responsable de una estrategia con un mínimo sentido.
Alegrarse de todo esto sería una necedad. No puede existir un sistema democrático sin, al menos, dos opciones alternativas. Y a día de hoy en España no hay otra representación para la gente que es conservadora y liberal demócrata al mismo tiempo. Si Feijóo y sus acólitos persisten en esta deriva, acabará ocurriendo lo mismo que estamos observando ya en Estados Unidos, donde el Tea Party, primero, y el trumpismo, después, acabaron con cualquier espacio político posible para una derecha democrática.
