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domingo, 14 de mayo de 2017

El cartógrafo, en el Arriaga

En la Varsovia de nuestros días, Blanca oye la leyenda del cartógrafo del gueto. Según esa leyenda, un viejo cartógrafo se empeñó, mientras todo moría a su alrededor, en dibujar el mapa de aquel mundo en peligro; pero como sus piernas ya no lo sostenían, como él no podía buscar los datos que necesitaba, era una niña la que salía a buscarlos para él. Blanca tomará por verdad la leyenda y se lanzará a su vez, obsesivamente, a la búsqueda del viejo mapa y, sin saberlo, a la búsqueda de sí misma. El cartógrafo es una obra - un mapa - sobre esa búsqueda y sobre aquella leyenda.


El cartógrafo, aderezada con una leyenda: la de un anciano cartógrafo, empeñado en realizar un mapa que recogiese el pulso de la vida en ese espacio de horror, en el gueto de Varsovia, “en esas calles en que hombre cazan a hombres”, a través de los ojos de una niña, su nieta. La obra, un grito seco y directo contra la dictadura del olvido, que toca heridas muy profundas colectivas y personales.
El rojo es el color dominante en un escenario de suelo negro, con poquísimos elementos, que huye de la escenografía poderosa para ir a la búsqueda de un espacio limpio donde invocar la memoria
El mapa del cartógrafo es un mapa contra el olvido, en el que marca aquello que nunca debe ser olvidado, que es lo que pretenden todas las dictaduras. Habla de la memoria colectiva frente al pasado, pero también de la mirada al pasado personal de cada uno. Se quiere someter al espectador al conflicto de hacer memoria sobre la herida que sangra todavía en Europa, dejando a un lado lo que llamamos la dictadura del presente, que incita siempre al olvido.
La fortaleza está en no dejar de mirar atrás. Tapar, hacer como si las cosas no existiesen, no es precisamente la manera de sanar.