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miércoles, 21 de octubre de 2015

En el cuarto aniversario del fin de ETA

El País Vasco es un lugar distinto. Lo es, 

en primer lugar, para todos esos vascos 

que vivieron durante décadas amenazados, 

con renuncias y precios altísimos, 

pagados por huir de la indiferencia.

Leer más:  Eduardo Medina


ETA fue una organización terrorista 

con pretensiones totalitarias

Tenía su propia visión particular de lo que debía ser Euskadi

y pretendió elevar esa visión particular 

a categoría de total mediante el asesinato de todos aquellos

 que consideró que no tenían sitio en esa especie 

de anticiudad que ETA soñó.

Durante décadas se llevó mucho de lo mejor que teníamos,
 hombres y mujeres, de distintas procedencias 
y visiones vitales, con formas de vida distintas y plurales. 
Vidas humanas, únicas, irremplazables. 

Muchas de ellas con nombres muy conocidos, 
otras muchas con nombres ya casi olvidados.
Se llevó, además, la dignidad de miles de vascos, los que 
callaron, los que ante los asesinatos nunca sintieron nada, 
los que nada hicieron salvo mirar para otro lado.

En ese “silencio cómplice de las buenas personas”, 
ETA encontró el campo abierto para su continuidad 
en el tiempo, quizá no tan importante como el apoyo social 
que tuvo pero fundamental para su instalación 
entre nosotros como una organización tan arraigada 
como temida.
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