Europa debería aprovechar la oportunidad que ofrece la derrota del populismo euroescéptico en Hungría para avanzar en su integración antes de que la internacional ultranacionalista se recupere del golpe recibido.

viernes, 23 de octubre de 2015

Las relaciones que se establecen entre corruptor y corrompido son bastante similares a las del chiste del dentista y su paciente.

"No vamos a hacernos daño".
Es una exageración atribuir la obstinación en el proceso secesionista a la necesidad de protección de los intereses corruptos de los dirigentes de Convergència. Pero la corrupción del régimen nacionalista, puramente sistémica, ha influido decisivamente en el proceso. 
El independentismo no ha surgido como una inesperada flor política al margen del sistema. Ha sido una gran parte del sistema la que se ha movido pesadamente hacia el independentismo. 
No ha sido la decisión de un partido nuevo sino el giro inesperado de un viejo partido, deudor y acreedor al tiempo en una compacta trama de intereses. La principal extorsión que Convergència ha practicado con los empresarios ha sido la del independentismo. Pero solo porque antes los extorsionó eficazmente con aquel porcentaje que, de forma muy optimista, el Maragall visionario había cifrado en el 3%.