Almodóvar recurre a la autoficción para hablarnos de un creador que vampiriza las experiencias íntimas y trágicas de su entorno más confidencial para inventar su nueva película.
Eso deduzco viendo, escuchando y padeciendo Amarga Navidad.
O igual es que no me he enterado de qué va el argumento, siendo todo intenso, dramático y pretendidamente complejo.
Pero a mí solo me provoca tedio, perplejidad malsana; es otra exhibición de diseño en la que la tormenta de sentimientos también parece de diseño.
Y no aparece en ningún momento el sentido del humor, la gracia, la ironía, el sarcasmo, virtudes que reconozco en algunas películas de este señor.
Diálogos, personajes y secuencias pobladas de mujeres sufrientes y abatidas que no soportan los cuernos o han sufrido la pérdida de lo que más amaban.
Abundan los disparates en este drama sombrío. Pero lo menos que se le puede exigir es que tuviera un punto de gracia.
