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El acercamiento de Ottawa a la UE es una oportunidad para reforzar a las democracias ante las potencias depredadoras.
“¿No sería maravilloso si Canadá fuera el 28º Estado de la Unión Europea en lugar del 51º Estado de Estados Unidos?”, se planteó hace unos meses el presidente finlandés, Alexander Stubb. La pregunta no era ni una provocación ni un simple juego intelectual. Hoy es una posibilidad real.
Sin duda, mantiene una idea del Estado del bienestar y el bien común más cercana a la de las socialdemocracias del Viejo Continente que al del vecino del sur.
Europa, en esta segunda era Trump, ha dado la impresión de no creer la fuerza que le otorga el mercado único, su población y su peso económico. Pero esta fuerza es real. Y, si quiere ejercerla con todo su peso y no caer en la irrelevancia, son imprescindibles nuevas formas de asociación con países con los que comparte los valores e intereses. El resultado sería un Canadá más europeo y una Europa más fuerte, gracias a Trump. Así sea.
Sin duda, mantiene una idea del Estado del bienestar y el bien común más cercana a la de las socialdemocracias del Viejo Continente que al del vecino del sur.
Europa, en esta segunda era Trump, ha dado la impresión de no creer la fuerza que le otorga el mercado único, su población y su peso económico. Pero esta fuerza es real. Y, si quiere ejercerla con todo su peso y no caer en la irrelevancia, son imprescindibles nuevas formas de asociación con países con los que comparte los valores e intereses. El resultado sería un Canadá más europeo y una Europa más fuerte, gracias a Trump. Así sea.