“Quienes hacen imposible la revolución pacífica harán inevitable la revolución violenta.”
John F. Kennedy

sábado, 31 de enero de 2026

Algunos países tratan de restaurar el colonialismo,
pero el modelo surgido tras 1949 sigue vivo,
aunque la UE requiere de un Nuevo Tratado.

 Desde que Donald Trump ocupó la presidencia de Estados Unidos por segunda vez y empezó a actuar de manera amenazante, caprichosa e impredecible, se ha impuesto en analistas y medios el mantra de que el llamado “orden mundial” está irremediablemente roto. Discrepo de esta visión de la realidad internacional. Trump no es tan fuerte, ni el ordenamiento internacional tan débil como para profetizar una sentencia de muerte.
Cuando terminó la II Guerra Mundial, frente a la dictadura fascista triunfó la democracia como forma de gobierno legítimo. Y frente a la tortura y la violencia practicadas por los gobiernos de los países del Eje, se afirmaron los derechos humanos como valores supremos e invulnerables.

Hay dos acontecimientos que han contribuido a hacer irreversible todas estas decisiones de la comunidad internacional.
El primero, la creación de la Unión Europea, apoyada en valores imprescindibles: la democracia, el Rule of Law y los derechos humanos y libertades públicas. 
El segundo, la implosión de la Unión Soviética, y el ingreso en la Unión Europea de Estados hasta entonces sometidos a la URSS.
 
En su última intervención ante la Asamblea de Naciones Unidas, en efecto, el presidente de Estados Unidos hizo un discurso directamente hostil a Naciones Unidas y negacionista del cambio climático.
Palabras improductivas y dañinas, pero no tanto como para acabar con el orden mundial.

Por todo ello, el protagonismo de la Unión Europea es absolutamente necesario. Pero a la Unión le faltan instrumentos de política exterior y carece de una defensa común.
Algo que se podría obtener, para los Estados que lo quieran, con un nuevo Tratado, que parece necesario 
dado el desdén de Trump respecto de la OTAN y su célebre artículo 5.

Diego López Garrido es director de la Fundación Alternativas y exsecretario de Estado para la Unión Europea.