Lo mejor que se puede decir de la operación de desembarco en Tenerife de los pasajeros del MV Hondius, el barco que ha sufrido un brote de hantavirus, es que se ha procediendo con normalidad.
Y todo ha salido tal como estaba planeado. Normal.
La clave ha sido, y sigue siendo, la cooperación de las autoridades españolas con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los mecanismos europeos de protección civil, dos instituciones internacionales que utilizan la mejor ciencia disponible como guía para resolver las amenazas que plantean los virus emergentes en nuestra sociedad globalizada.
Resulta lamentable que el procedimiento se haya visto empañado, y casi entorpecido, por una oposición política miope o malintencionada, con mención especial al presidente canario, Fernando Clavijo. El presidente Clavijo hizo todo lo posible para evitarlo, aduciendo una variedad de excusas peregrinas, irracionales y populistas sobre una supuesta protección de la población isleña. Este comportamiento alcanzó cotas inéditas en la madrugada del domingo, a solo cuatro horas de la llegada del barco, cuando el presidente canario rehusó autorizar que fondeara junto a un puerto tinerfeño, con el argumento de que los ratones infectados podían saltar del barco y nadar hasta la costa, propagando el virus por todo Tenerife.
Las medidas establecidas por la OMS y adoptadas por el Gobierno español han sido correctas. Pero también habrá alguna lección que extraer. Que las políticas de salud pública se rijan por criterios científicos sigue sin estar garantizado. En esta ocasión todo ha ido bien, pero es obvio que la razón tiene enemigos tozudos. Como demuestra el bajo nivel del debate político alrededor del hantavirus.