La tarta del presidente nos sitúa en los estertores de la primera Guerra del Golfo, a principios de los años noventa. Según reza un texto introductorio, las sanciones internacionales han sumido en la escasez al pueblo iraquí pero, de espaldas a la realidad, Sadam Husein pide un esfuerzo colectivo para celebrar su cumpleaños. Estamos a 26 de abril, dos días antes de la efeméride.
Obligada por ese grotesco mandato y ante el temor de un castigo del régimen a su familia, Lamia, una niña de nueve años, recorre las calles de Bagdad en busca de los ingredientes de un pastel, ya se imaginan, amargo.
Obligada por ese grotesco mandato y ante el temor de un castigo del régimen a su familia, Lamia, una niña de nueve años, recorre las calles de Bagdad en busca de los ingredientes de un pastel, ya se imaginan, amargo.
La peripecia de Lamia en una metáfora sobre un pueblo castigado por todos los frentes; ya sean los caprichos del sátrapa o las penurias provocadas por los que supuestamente venían a salvar a su pueblo.
La tarta del presidente posee fuerza en su mirada y en muchas de sus imágenes: sobre todo, en las de esa niña (Baneen Ahmad Nayyef) aferrada a su hermoso gallo de cresta roja mientras recorre junto a su abuela y su compañero de escuela las calles de Bagdad en busca de huevos, azúcar, harina y levadura por miedo al castigo de su profesor.
El bellísimo paisaje rural de la película, cruzado por los canales del Tigris, y el no menos sugerente paisaje urbano de Bagdad convierten esta historia de supervivencia infantil en una fábula cuyo vuelo mágico merece la pena emprender de la mano de la obstinada Lamia. Y de paso, recordar que las víctimas son siempre las mismas, de unos y de otros.