La laicidad de la sociedad debería de ser aceptada por la ciudadanía en general y las muestras de prácticas religiosas deberían de quedar en los hogares de los creyentes y en sus templos o mezquitas, y no veo necesario que se muestren permanentemente en la calle esas creencias. Así que las procesiones religiosas católicas y los uniformes que muestren la militancia religiosa que se limiten a sus espacios y no nos obliguen al resto a compartirlos en la vida pública.
Dicho esto, además, creo que el burka es un símbolo de sistema de dominación machista a través de la religión musulmana. Por otra parte un partido antifeminista no va a traer la liberación de las mujeres. Y, por supuesto, nada que venga de Vox puede ser aceptado sin darle más de una vuelta.
Si analizamos el tema con tranquilidad, sin mezclarlo con los temas que en estos momentos divide a una sociedad ya dividida en exceso, podría creerse que prohibir que la gente vaya por la calle con la cara tapada, que use el burka o cualquier otro capuchón que impida su reconocimiento, puede ser una decisión política acertada.
Y centrándonos en el tema de esta semana, el de las musulmanas que lo llevan
se me ocurren tres puntos:
En primer lugar, denigra los derechos fundamentales de las mujeres, siendo la mayoría de las ocasiones una vestimenta claramente promovida y tutelada por una visión cultural machista de la mujer. Yo incluiría en la ley que se castigue a quien obliga a llevarlo a su mujer o hija, en un caso comparable a quienes obligan a terceros a practicar la prostitución, o a quienes practican la mutilación genital femenina, la ablación del clítoris, o la circuncisión.
En segundo lugar, porque no supone en absoluto pisotear el derecho a la libertad religiosa, puesto que la mayoría de los expertos en islam sostienen que, a diferencia del velo, el burka no es una indumentaria de carácter exclusivamente religioso, sino que está mediada por un fuerte sentido cultural extremista de la religión. En este sentido cultural, tan presente en países como Afganistán, la mujer es reducida a una posición de súbdita, sin derecho a la libre expresión física. En definitiva, la mujer no se percibe como persona sino como objeto sexual, además de carácter peligroso para la inevitable lascivia del varón.
En tercer lugar, el espacio público debería ser un espacio de encuentro civil en el que todas las personas, tanto por nuestra seguridad e integridad como por nuestro derecho a reconocer y ser reconocidos, podamos disfrutar de la completa presencia de todas las personas.
En este sentido, el uso del burka pervierte tanto el derecho de la propia mujer como el de las otras personas a hacer uso de este bien público tan necesario. El circo católico con cucuruchos tapándose las caras en las procesiones también lo veo como resto medieval de religiones poco recicladas.