Sirât es una aventura trágica que introduce al espectador en un brutal trance; un viaje por el desierto cuya intensidad nos presenta una desoladora respuesta a un presente descarrilado.
Lo que empieza con las hechuras de una aventura clásica —la historia de un padre que busca a su hija perdida en una rave de Marruecos y en esa búsqueda, junto al hermano pequeño de la desaparecida, se une a una troupe de nómadas del sonido— acaba convertida en otro tipo de viaje con una road movie en el desierto, entre raveros curtidos en fiestas ilegales como lagartos, a la sombra de columnas gigantes de sonido y subidos en camiones que cruzan
montañas a través de un paisaje espléndido y maravilloso.
montañas a través de un paisaje espléndido y maravilloso.
Oliver Laxe conduce al espectador hacia ese trance/desdoblamiento que siente el cuerpo cuando se abandona al baile.
Los personajes de Sirât vagan en busca de algo —un sonido, una hija o una respuesta—, y en su viaje conviven la utopía y la sincronía emocional de la rave con una realidad de la que huyen, pero que va calando por otros altavoces, los de las noticias que hablan de muertos y guerras que no se nombran porque no hace falta.
Sirât se divide así en dos partes: tras la aventura clásica, llega la pesadilla a partir de un suceso que rompe el relato. Es esa impactante traca final la que conduce al espectador al estremecedor desenlace, una secuencia en la que está el final y el principio de todo.
Laxe abre Sirât a muchas interpretaciones: políticas, contraculturales, religiosas… Caben unas cuantas teorías sobre el misterioso viaje dentro del viaje que encierra esta poderosa película y sobre el destino de sus personajes y de esas caravanas humanas que, en el desierto o en el mar, buscan algo que dé sentido y consuelo a sus vidas.
Se trata de una película inmersiva, cuyas olas de decibelios impregnan las imágenes de una cultura rave que es mucho más que un telón de fondo. Bajo su apariencia delirante, las raves hablan de rebeldía y resistencia, de vivir en común la posibilidad de abandonar el cuerpo y la identidad a través del movimiento.
l personaje principal es el padre en busca de su hija. Lo interpreta Sergi López con un registro diferente al del resto del reparto. Ese registro tiene todo el sentido porque ese padre, que evoluciona y muta con la historia, es un forastero en el desierto que no entiende nada. López representa al espectador, al tipo común que atraviesa las dunas o la selva en busca de su sangre.
Bastan dos pinceladas para interiorizar el cordón umbilical padre-hijo. El hijo es, además, el puente con los raveros, la mirada desprejuiciada a cinco nómadas con aire de piratas cuya camaradería irá aflorando de forma auténtica y profunda.
Sirât se mueve entre montañas y desiertos, pero su recorrido es circular. De ahí que arranque con una cita que quizá encierra la pista de todo su misterio: “Existe un puente llamado Sirât que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello, más afilado que una espada”.
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-con-el-tragico-y-brutal-trance-de-sirat
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