La democracia tiene no pocos enemigos, por supuesto. Pero también muchas debilidades propias.
Examinemos estas y no nos consolemos con reducirlo todo a la perversidad de los enemigos. Hay malos pero también males y tal vez estos sean más relevantes y más dañinos que aquellos.
La fijación en la maldad ajena puede distraernos de la configuración de instituciones con vocación de permanencia más allá de quienes las dirijan y es preferible trabajar para que haya buenas instituciones y regulaciones, que confiarlo todo a las buenas intenciones de quienes estén eventualmente al mando.
En cualquier caso si los malos en el poder pueden hacernos tanto daño como tememos o desean es porque las instituciones están mal diseñadas y los errores de las personas solo adquieren grandes dimensiones si hay fallos sistémicos.