La siguiente reflexión de Ricardo Arana publicada hace unos días en la prensa de Vocento, se realiza a propósito de la política lingüística que se practica en Euskadi.
Si, por los motivos que sean, piensa que esta no puede ser cuestionada, es preferible que no siga leyendo. Por el contrario, si considera como el lingüista Koldo Mitxelena que siempre son mejores las gafas que los ojos vendados, encontrará en estas líneas una reflexión preocupada por las consecuencias de la misma para nuestro país y para quienes vivimos en él.
Si, por los motivos que sean, piensa que esta no puede ser cuestionada, es preferible que no siga leyendo. Por el contrario, si considera como el lingüista Koldo Mitxelena que siempre son mejores las gafas que los ojos vendados, encontrará en estas líneas una reflexión preocupada por las consecuencias de la misma para nuestro país y para quienes vivimos en él.
Cuando hablamos en Euskadi de la política lingüística está claro que nos referimos al impulso institucional a la lengua vasca. Una lengua que acordamos afianzar y extender a todo un territorio que nunca ha sido total ni absolutamente vascohablante.
Pero cómo lograr ese mayor conocimiento y uso del euskara no corresponde únicamente a quienes ya son vascohablantes. Ni tampoco a quienes se consideran vascófilos.
En el diseño de esa política expansiva de la lengua vasca es imprescindible que también la población no vascohablante pueda tomar parte en pie de igualdad, y que sus derechos sean siempre escrupulosa y plenamente respetados.
Pero cómo lograr ese mayor conocimiento y uso del euskara no corresponde únicamente a quienes ya son vascohablantes. Ni tampoco a quienes se consideran vascófilos.
En el diseño de esa política expansiva de la lengua vasca es imprescindible que también la población no vascohablante pueda tomar parte en pie de igualdad, y que sus derechos sean siempre escrupulosa y plenamente respetados.
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