Lo más fascinante —y doloroso— del asunto es que este festival de la escisión se produce compartiendo el 95% del programa electoral. Se matan por las listas mientras coinciden en los diagnósticos: vivienda, impuestos, servicios públicos, desigualdad económica o impuestos a la banca. Algo que, sin duda, derecha y extrema derecha contemplan y disfrutan frotándose las manos.
Todo parece indicar que durante las negociaciones no ha habido debate ideológico, sino cálculo de tahúr de casino.
Gabriel Rufián también ha jugado sus propias bazas, aprovechando su innegable tirada mediática para asegurarse un puesto de salida de ensueño sin el engorroso trámite de salir a buscar 400 avales, como se ve obligado a hacer todo hijo de vecino en ERC, ni pagar 155 monedas de plata.
Las divisiones entre reformistas socialdemócratas y revolucionarios han sido históricamente legendarias. El filósofo Ernst Bloch afirmaba que la izquierda se caracteriza por mantener siempre encendido el principio de la esperanza, que ahora se ve seriamente amenazada por la implacable lógica de la Ley D'Hondt. Pero, ante el frío veredicto de los datos y las artimañas de los tahúres, solo nos queda ese viejo vicio de no perder la esperanza.
Las divisiones entre reformistas socialdemócratas y revolucionarios han sido históricamente legendarias. El filósofo Ernst Bloch afirmaba que la izquierda se caracteriza por mantener siempre encendido el principio de la esperanza, que ahora se ve seriamente amenazada por la implacable lógica de la Ley D'Hondt. Pero, ante el frío veredicto de los datos y las artimañas de los tahúres, solo nos queda ese viejo vicio de no perder la esperanza.
