Google+

viernes, 2 de noviembre de 2018

Desde los egipcios se sabe que levantar pirámides para enaltecer a los tiranos atrae a los saqueadores más que la miel a las moscas.

Llamar profanación a pintarrajear la lápida de Franco es, cuando menos, exagerado. Para que haya profanación siempre ha de haber un pico y una pala y ha de desaparecer algo de las tumbas, empezando por las propias lápidas, que Cela convirtió en La Colmena en mesas de café; el fiambre, ya sea para venderlo a la ciencia, hacer Frankensteins en noches de tormenta o pedir un rescate a la familia; e, incluso, partes del finado, preferentemente los dientes de oro que siempre se vendieron bien al peso para hacer sortijas. Lo del artista Enrique Tenreiro no ha pasado de ser un graffiti inocente con el que, según ha explicado, pretendía promover la reconciliación entre españoles. Siempre se podrá ver sacrilegio en el color rojo de la pintura pero no en la supuesta paloma que, dibujada con tantas prisas, se da un aire al aguilucho de la vieja bandera.
Es verdad que las sepulturas de los dictadores son muy golosas para los profanadores. Nada de esto pasaría con la de Franco si hubiéramos podido imitar a los italianos, que metieron a Mussolini en una tumba sin nombre después de ser fusilado y colgado cabeza abajo; o a los argentinos, cuyas protestas impidieron que Videla yaciera en el panteón familiar y que, al parecer, reposa en un cementerio privado de Buenos Aires bajo una identidad falsa.
Desde los egipcios se sabe que levantar pirámides para enaltecer a los tiranos atrae a los saqueadores más que la miel a las moscas.
¿Se imaginan ustedes una lápida en la catedral madrileña
que semanalmente sea pintarojeada
o simplemente remojada con pintura roja
por visitantes menos comprensivos
con el nuevo y repugnante inquilino?
Sería cuestión de organizarse
pero podría terminar siendo incómodo para sus seguidores,
con o sin sotana.
Así que habrá que convencerles
que aceptar al "general asesino" no les merece la pena.