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jueves, 5 de julio de 2012

04-Huida al norte




Cada día laborable
un capítulo (4/35)
        La noche transcurrió apaciblemente, aunque, como venía siendo habitual en los últimos años, Pedro tuvo que levantarse en dos o tres ocasiones para orinar. Cuatro gotas molestas que parecen ser litros mientras peleas bajo las mantas con esa incómoda sensación que no te deja dormir y que se sitúa en algún lugar entre la vejiga y la punta del pene. Son los peajes de la edad. Aún no había visitado al urólogo, pero era consciente de que tenía que ir a verle. Era una de las tareas que debía realizar esta semana. Debía buscar casa, empadronarse, conocer a su médico de cabecera y pedirle una consulta con el especialista. Lo más complicado sería encontrar un buen piso de alquiler. A su edad no quería caer en un piso compartido. Prefería estar un poco más alejado del centro pero poder disponer él solo de un piso entero. No tenía preferencias. No había estudiado lo suficientemente la ciudad como para saber que barrio era mejor.

         Pedro fue ordenando su plan para ese martes de abril bajo el agua templada de la ducha. Ahí estuvo durante más de cinco minutos, al cabo de los cuales se vistió y bajó a desayunar. El desayuno estaba comprendido en el precio de la habitación. Fue un modesto bufete que incluía algo de fruta, embutido y algunos dulces. Comió algunos trozos de piña y melón y concluyó su desayuno con un aceptable croissant y un café con leche corriente. Lo mejor del desayuno el periódico. Siempre le había gustado desayunar frente al periódico. Allá en Madrid lo hacía en muy pocas ocasiones. Casi nunca estaba el diario en casa a la mañana. Sin embargo al hotel los periódicos llegaban a primera hora del día.  Hojeó “El Correo”, el de mayor tirada en Bilbao. Leyó los titulares de las páginas dedicadas a las noticias locales y apenas se detuvo en las que hablaban de la imparable crisis que iba extendiendo sus temibles tentáculos por toda la geografía española y por todos los sectores sociales y productivos. Solamente se salvaban los de siempre. Prestó atención a los eventos culturales del día. Un par de conciertos de música clásica y un concierto de Fito Paez en el Teatro Campos. Nunca le había gustado mucho el cantante argentino, pero un concierto en vivo siempre es algo especial. A las ocho de la tarde. Buena hora. Preguntaría a la recepcionista por el teatro y terminaría allí la jornada.

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