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miércoles, 10 de octubre de 2018

No subestimemos la capacidad del fascismo para normalizarse.

Una de las falacias más repetidas por el relato de la Transición es que en España no había ultraderecha porque estábamos vacunados por 40 años de dictadura. Es al contrario, nos la inocularon durante cuatro décadas y cuatro décadas después, seguimos sin curarla. No hay más que ver lo que cuesta quitarse al muerto (Franco) de encima. Haberla hayla, lo que pasa es que se vistió de seda para parecer menos áspera, pero se le sale el pijama del abuelo por debajo del traje de demócrata en cuanto levanta el brazo para saludar a la bandera.
Se suavizó por conveniencia, no por convencimiento, y se vuelve a extremar cuando le conviene para sacar más votos. Como ahora. Casado y Rivera, tanto monta, monta tanto, están desatados con el nacionalismo y la xenofobia, agitando con una mano el trapo, con la otra quitando lazos indepes o tirando de la sábana de los manteros. Desde el domingo, se ha sumado a la quiniela VOX, que ha pasado de ser un motivo de broma a ser un motivo de preocupación, después de meter en Vistalegre más gente que Pablo Iglesias.
Podemos ridiculizarles como hicimos con los votantes de Trump o buscar la razones de su crecimiento, para atajarlo. Podemos reducirlos al tópico de la España casposa, que da risa y pena, pero eso no explica por qué cada vez más personas se agarran a ideas tan básicas y al mástil de la bandera. Podemos pensar que son cuatro frikis y colgados, pero si el fenómeno se ha generalizado es porque ha llegado al ciudadano medio, a tu colega, a tu familia. No subestimemos la capacidad del fascismo para normalizarse.