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martes, 4 de diciembre de 2018

“Adiós Susanita, adiós”

El atril de la rueda de prensa desde el que culpó a todo menos a sí misma y llamó a levantar un dique de contención contra la ultraderecha fue su Suspiro del Moro Boabdil al despedirse de Granada, su particular collado de la pena camino de la Alpujarra.
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Susana Díaz es la principal responsable de la debacle que este domingo vivió el PSOE en Andalucía y que, aparentemente, pone punto y final a casi 40 años de hegemonía. La presidenta siempre fue un fraude, la parodia de una socialdemocracia de juguete que creyó que nada ni nadie podría desahuciarla del cortijo porque daba igual que el paro fuera galopante, que el riesgo de pobreza fuera catastrófico, que la región tuviera el menor gasto sanitario por habitante o que la educación jamás saliera del suspenso. La culpa siempre era de otros, del subdesarrollo secular, de una oligarquía imaginaria que, si existía, era en las propias entrañas del régimen, del proteccionismo arancelario del siglo XIX o de Madrid.
Díaz debería haber presentado ya la dimisión en vez de lamentarse por el retroceso de la izquierda como si a ella, que llegó a los comicios del brazo de Ciudadanos, le importara realmente. No lo hará porque para ello se precisa algo de dignidad.
¿Por qué la dejó sola Pedro Sánchez pese a que fue ella misma quien exigió que se mantuviera al margen para no compartir las mieles del triunfo? ¿Quién podía imaginar que su estrategia de insuflar alas a Vox para dividir a la derecha desencadenaría este terrible efecto mariposa? ¿Dónde está ahora Felipe y los otros dinosaurios de su casa de muñecas?