Europa debería aprovechar la oportunidad que ofrece la derrota del populismo euroescéptico en Hungría para avanzar en su integración antes de que la internacional ultranacionalista se recupere del golpe recibido.

viernes, 9 de octubre de 2020

El coronavirus ha radicalizado a Trump en su delirio que, si no le conociésemos, podría atribuirse a la medicación.

Había quien pensaba que el contagio de coronavirus de Donald Trump podría servir como lección de humildad para el presidente; que vería la luz y animaría a los estadounidenses a tener cuidado con el virus. 

En vez de humildad, Trump ha vuelto con sus intentos de proyectar una imagen de hombre fuerte. Ahora se va a convertir en un 'experto': ha tenido el virus, así que nadie puede decirle nada. Si en el pasado escuchó alguna vez un consejo médico, eso ya no va a volver ocurrir. Él sabe más sobre las guerras que los generales y ahora va a saber más sobre el coronavirus que cualquier médico. Parece decidido a seguir con los principios expuestos en el libro 'El poder del pensamiento positivo', de Norman Vincent Peale, y hacer que su enfermedad desaparezca solo con desearlo. 

De no ser porque esta es la forma en que se ha comportado desde que bajó de la escalera mecánica en 2015 y anunció su candidatura, lo atribuiría a la medicación que le han dado. Pero él es así. Y encima, como tantas otras veces, sus aliados republicanos y los medios conservadores se dedican a amplificar su mensaje. 

Solo nos queda la esperanza de que la ciudadanía americana muestre un poco más de sentido común que el candidato presto a repetir mandato.