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lunes, 7 de enero de 2019

Somos un país de banderitas y lacitos. Ay, qué horror.

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Mayor Oreja, por una vez, tenía razón. Los españoles nos sentimos más representados con el a por ellos que con la poesía del 27 o del siglo de oro. Para qué engañarse.
Vox no es un problema. Vox somos nosotros y nuestros toreros y nuestras banderitas rojigualdas en el Lacoste. España es y ha sido siempre un país mucho más afecto a sus símbolos que a su cultura, su ciencia o su pensamiento. Los americanos como
 Hemingway nos comprendieron muy bien, y por eso nos simplificaron tanto. Somos un trozo de carne envuelto en un folclore. Nuestro arte más poderoso se llama crotalogía (arte de tocar las castañuelas) y se sustenta en una sola regla: no es preciso tocar las castañuelas, pero de hacerlo es preferible hacerlo bien.
De ahí el éxito de Vox, con esa casi cándida tendencia a simplificarlo todo, a verlo todo no blanco o negro, sino rojo o gualda. Si uno quiere ahondar en sus pensamientos, no encuentra prácticamente nada. Su modelo de país se basa únicamente en el orgullo de ser español, una cosa que, por alguna ignota razón, la gente adora.

Cuando vengan las elecciones generales, va a ser curioso estudiar su programa. Para seguir creciendo, lo más inteligente es que lo dejen vacío. Solo banderitas. Somos un país de banderitas y lacitos. Ay, qué horror.

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