Europa debería aprovechar la oportunidad que ofrece la derrota del populismo euroescéptico en Hungría para avanzar en su integración antes de que la internacional ultranacionalista se recupere del golpe recibido.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Donald Trump empieza a pertenecer al pasado. Y eso es un alivio.

Nos consta que Donald Trump ha sido un presidente ególatra y divisivo. Un ciudadano que nació en una familia de construc­tores, que se convirtió él mismo en un promotor inmobiliario ventajista, en un operador en el mundo de los ca­sinos, y que ganó fama ­nacional como estrella de los pro­gramas de telerrealidad, protago­nizando uno en el que popularizó la frase “¡estás despe­dido!”, dedicada a aprendices de empresario que trataban de emularle. Con estos mimbres, y con promesas de recuperar la grandeza de su país, Trump se hizo con la candidatura republicana y logró la presidencia. Y, una vez en la Casa Blanca, implementó po­líticas aislacionistas, xenófobas y antisociales, que suponían un claro retroceso respecto al legado presidencial de su antecesor, Barack ­Obama.

Joe Biden va revelando ahora, a diario, los nombres de los que serán sus altos cargos en la próxima administración, y ha recibido ya fondos oficiales para iniciar la transición. La suya será, según todos los indicios, una presidencia distinta a la de Trump, en muchos aspectos opuesta, con una clara apuesta por el multilateralismo, la lucha contra la crisis climática, la recuperación económica y las políticas sociales. Donald Trump empieza a pertenecer al pasado. Y eso es un alivio.

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